Foto - Andrés Cuevas

Por: Marisuip

La Candelaria siempre me ha parecido un lugar mítico, con una magia especial, que conservaba los secretos del pasado y que resaltaba las épocas doradas de la grandiosa Bogotá. Cuando era niña soñaba con caminar por sus calles, pretendiendo que era una “coca cola” en los cuarentas y que los tranvías pasaban a mi lado. De adolecente me gustaba su ambiente bohemio, sus cafés escondidos y los cuentos de las casas viejas; soñaba con vivir detrás del Camarín del Carmen y pasearme por el Teatro Colón. Pasé gran tiempo en la Luis Ángel Arango y bailé tango en el Delia Zapata.

Hoy, recorriendo sus calles para este artículo, me embarga la melancolía, de ver que esa mítica zona de la ciudad no es más que un mito, que sus desojadas áreas están despojadas de toda importancia y terminaron por convertirse en un espectáculo para ladrones e indigentes que no permiten que la zona prospere más allá de las seis de la tarde.

La Candelaria fue una vez la zona más importante de la ciudad de Bogotá, fue su origen y su sustento, fue el lugar de los más importantes acontecimientos políticos y una gran manzana arquitectónica, que poco a poco fue decayendo en un deje de soledad y podredumbre que hace estremecerse hasta al más fuerte. A pesar de los intentos, por varias administraciones, sigue siendo un lugar olvidado, que unos pocos, intentan resucitar.

Antes de 1538, (año de fundación de Bogotá) el hoy conocido como el “Chorro de Quevedo” era el lugar de descanso del Zipa de la Sabana, la historia cuenta que en este lugar fundó Gonzalo Jiménez de Quezada la ciudad, con doce chozas y una iglesia; más adelante, cerca de 1539, se fundó formalmente la hoy conocida Plaza de Bolívar, y desde este punto se hizo el trazado original de la ciudad, que nunca se pensó crecería tanto, en ese mismo año se construyó la famosa Catedral Primada de Colombia, una edificación neoclásica que es la sede de la Arquidiócesis de Bogotá.

Mi abuela, una típica bogotana, totalmente rola, siempre decía que la verdadera Bogotá era el centro, que ella recordaba sus perfectas calles adoquinadas y sus construcciones europeas; alguna vez me contó que cuando tenía nueve años se había perdido en La Candelaria, “Mamá Lolitas”, como siempre se le dijo a la Bisabuela, había entrado en un almacén, y mi abuela, por curiosa, había salido a la calle y se había perdido, con mucha tranquilidad, ella recorrió el mismo camino que habían tomado para llegar hasta allá y volvió a su casa en Chapinero, “eso era posible en esa época”, y era verdad, la tranquilidad y familiaridad que retozaba en la vieja ciudad hacía que todo fuera más ameno. Luego llegó el terrible bogotazo que desarmó la zona, que nunca logró recuperarse por completo.


Foto - Andrés Cuevas

Al caminar por esta área, buscando las partes más hermosas, me encontré con un montón de lugarcillos que son los que definitivamente evocan esa magia, como por ejemplo la calle posterior del Camarín del Carmen, al bajar por ahí y ver la enorme pared de piedra se siente uno caminando en una ciudad diferente, llena de mística y épica. La calle décima es el escenario de dos de las más lindas construcciones, el Teatro Colón y la Casa de la Opera, y así por cualquier calle nos encontramos con edificaciones maravillosas, el archivo nacional, el palacio de justicia, (construido por primera vez en 1933, pero al caer en llamas después del bogotazo tuvo que ser reedificado luego de 1948), la iglesia de las nieves, la casa de poesía Silva, la casa del florero, la Alcaldía Mayor de Bogotá y por supuesto el Palacio de Nariño. Y es que por donde se pase una nueva historia aparece, escondida en alguna esquina o asomándose por alguna ventana, pero siempre brindándonos una anécdota contada por algún abuelo, llenando la ciudad de historia, porque esa es la verdad, y es que La Candelaria es el lugar donde descansa la historia Bogotana, y para aquellos que se consideran realmente bogotanos, es un sitio de respeto, al que ya muchos no van por miedo a ser atracados, pero que admiran y recuerdan con sumo cariño, fue el lugar en donde nuestros antecesores dieron sus primeros paseos, compraban, paseaban, iban a cine, a Teatro y a trabajar. Ahora, más que eso, se ha convertido en el centro cultural, donde reposan los grandes museos, como el Museo del Oro, el Museo de Bogotá, y el de Arte Colonial; institutos que imparten conocimiento, como la biblioteca Luis Ángel Arango, el Instituto Cultural León Tolstoi, o la Quinta de Bolívar y de los escenarios teatrales, como el Jorge Eliécer Gaitán, el Delia Zapata o el Colón.

Esta zona de Bogotá es disfrutada hoy en día, principalmente, por los extranjeros, que sí sienten esa magia y ese respeto, los turistas vienen a visitarla como primera parada y los que deciden quedarse entre nosotros, la escogen como su lugar para vivir, hace poco le preguntaba a un Inglés, el porqué decidía quedarse viviendo en la calle 9 con carrera 2, el lugar más recóndito de la ciudad, alejado de todo, y tan peligroso en las horas nocturnas, y me contestaba, con su pesado acento británico, que era el sitio con más magia que había conocido y que allí encontraba una paz que ningún otro sitio en la ciudad le brindaba. Qué bueno sería que los coterráneos pudiéramos sentir lo mismo y llevar La Candelaria de nuevo a su esplendor… darle el lugar que se merece entre nosotros.

Recorrí sus calles desde muy niña, crecí con sus historias, disfrute sus zonas de adolecente, tomando cafecito en el Chorro, me adentré en las artes entre sus paredes y ahora, recorriéndola una vez más para este artículo, me sentí llena de mística, descubrí que aunque ya no la visite a menudo, sigue sintiéndose como “hogar”, que sigue evocando letras y versos.

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